La electrocución en tendidos eléctricos se ha convertido en una de las amenazas más recurrentes para las aves en todo el mundo y figura entre las principales causas de mortalidad de estas especies. En Argentina, un estudio publicado en la revista científica Perspectives in Ecology and Conservation reveló que entre 2019 y 2025 se registraron 160 aves electrocutadas en ocho provincias, pertenecientes a 18 especies, de las cuales 150 eran rapaces.
Link: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2530064426000313

Las especies más afectadas fueron el águila mora (Geranoaetus melanoleucus), el aguilucho común (G. polyosoma), el jote de cabeza negra (Coragyps atratus) y el águila coronada (Buteogallus coronatus), esta última en peligro de extinción. La investigación advierte que la electrocución de las aves depende, en gran medida, del diseño y materiales de los postes y las crucetas, así como de la disposición de los cables sobre las mismas. Además, la electrocución de aves no ocurre de manera sistemática, sino que se intensifica en determinadas épocas, como el invierno, cuando los juveniles se dispersan, o en años de grandes concentraciones de aves por factores ambientales.
¿Cómo ocurre la electrocución?
El doctor en Biología por la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) y becario postdoctoral del CONICET, Diego Gallego García, explicó que la electrocución se produce cuando un ave toca simultáneamente dos cables energizados o un cable y una estructura hecha con materiales conductores y conectada a tierra. Las aves de gran envergadura, al abrir sus alas, son especialmente vulnerables, ya que pueden llegar a entrar en contacto con dos cables al mismo tiempo. Por otro lado, aquellas aves posadas en postes o crucetas de hormigón o metal y conectados a tierra pueden electrocutarse con solo rozar un cable.

El estudio fue realizado por el CECARA (Centro para el Estudio y Conservación de las Aves Rapaces en Argentina) junto a los biólogos Paula Maiten Orozco Valor (también doctora en Biología por la UNCo), Beatriz Martínez Miranzo, Sergi Gómez Espí y José Hernán Sarasola, siendo varias las instituciones participantes: INCITAP (Instituto de Ciencias de la Tierra y Ambientales de La Pampa), CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), y la Universidad Complutense de Madrid. Además de los relevamientos propios, se incorporaron informes de ciencia ciudadana, que representaron el 39% de los casos, aportados por habitantes locales, observadores de aves, trabajadores rurales y organizaciones de conservación.
Los investigadores definen la electrocución como una “muerte silenciosa”, ya que los cuerpos suelen desaparecer rápidamente por acción de carroñeros, lo que oculta la evidencia. Esto implica que la magnitud del problema puede ser aún mayor de lo registrado. Por ello, se promueve la creación de leyes que contemplen infraestructuras seguras para las aves, protocolos de monitoreo y bases de datos públicas con personal capacitado.

Asimismo, se expresa una gran preocupación por el hecho de que muchas de las empresas eléctricas encargadas de la planificación y construcción de estos tendidos eléctricos son estatales, lo cual muchas veces dificulta que los organismos ambientales (también estatales) puedan sancionar a estas compañías, como sí harían con las empresas privadas. Un claro ejemplo de ello es la provincia de La Pampa, donde hace más de 10 años que se viene alertando de esta causa de mortalidad, y que sin embargo lidera el número de casos de electrocución de aves, con casi un centenar de individuos electrocutados en cinco años, sin que haya habido apenas modificaciones en el diseño de los postes peligrosos.

El trabajo pone en evidencia un problema de conservación poco atendido en Sudamérica. La electrocución de aves rapaces no solo amenaza la biodiversidad, sino también el equilibrio ecológico de los ecosistemas, al ser las aves rapaces especies clave que, por su posición en las redes tróficas, regulan las poblaciones de las presas sobre las que depredan y/o evitan la proliferación de plagas y enfermedades. La investigación reafirma el papel de la universidad y la ciencia públicas como motor de conocimiento y alerta, impulsando medidas urgentes de mitigación para proteger la vida silvestre y el futuro de las comunidades.
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